A Journal of the Plague Year por Daniel Defoe
Generalmente le doy a los libros cincuenta páginas antes de decidir dejarlos. Con este estuve apunto, pero le di una segunda oportunidad. Me contento de haberlo hecho. A Journal of the Plague Year comienza a crecer precisamente por la página cincuenta, que es cuando le entra más a la ficción.
El libro es un testimonio apócrifo de la gran plaga de Londres. Defoe inventa un personaje que se queda en Londres por un llamado de Dios, sobrevive la plaga y la documenta en un diario.
La intención del libro, escrito de un tiro, es mercantil: explotar una tragedia que puede volver a ocurrir y reforzar las ventas de otro folleto del mismo Dafoe, con consejos para sobrevivir a la peste. Trescientos años después el diario es considerado una obra fundamental de la literatura inglesa.
La fuerza del libro está en lo espontáneo. La estructura es caótica. No tiene secciones ni capítulos y se nota, por las repeticiones, que se publicó sin corregirse mucho. La libertad con que escribe Defoe y la sencillez de su lenguaje lo hacen digerible. El inglés es relativamente fácil para ser del siglo dieciocho.
El libro arranca con un tono documental. Dafoe describe los orígenes de la plaga y los respalda con testimonios y estadísticas. Se vale de detalles para meternos en la vida cotidiana del Londres de la restauración y en el infierno de la peste. Pero poco a poco le entra a la narrativa. Sin darnos cuenta nos pone a leer una novela de aventura, la proeza de tres londinenses que escapan a la peste. Esta parte del libro pasa irónicamente fuera de la ciudad. Digo irónicamente porque el diario es precisamente conocido como el relato definitivo de la gran plaga de Londres.
La crónica de Dafoe nos recuerda que cataclismos y pestes siempre han existido y en ese sentido nos permite consagrarnos con el presente. Si el libro es de por sí apocalíptico, lo es más todavía leído en el siglo veintiuno, cuando conocemos la verdadera causa de la peste bubónica. De hecho, la tensión narrativa se acentúa mucho por los numerosos intentos, ridículos ante el ojo contemporáneo, de explicar las causas de la enfermedad.
Los paralelismos con el presente abundan. El pánico ante una plaga de origen desconocido y las explicaciones descabelladas me hicieron pensar en el cáncer gay de los ochenta. Los vendedores de talismanes y curas mágicas si acaso han aumentado en los tres siglos que nos separan de la peste. Pero esos trescientos años también son de avance científico y “civilizatorio”. El oscurantismo y la ignorancia que describen Dafoe me hacen creer que vivimos en un mundo mejor.
Valió la pena darle una segunda oportunidad.
El libro es un testimonio apócrifo de la gran plaga de Londres. Defoe inventa un personaje que se queda en Londres por un llamado de Dios, sobrevive la plaga y la documenta en un diario.
La intención del libro, escrito de un tiro, es mercantil: explotar una tragedia que puede volver a ocurrir y reforzar las ventas de otro folleto del mismo Dafoe, con consejos para sobrevivir a la peste. Trescientos años después el diario es considerado una obra fundamental de la literatura inglesa.
La fuerza del libro está en lo espontáneo. La estructura es caótica. No tiene secciones ni capítulos y se nota, por las repeticiones, que se publicó sin corregirse mucho. La libertad con que escribe Defoe y la sencillez de su lenguaje lo hacen digerible. El inglés es relativamente fácil para ser del siglo dieciocho.
El libro arranca con un tono documental. Dafoe describe los orígenes de la plaga y los respalda con testimonios y estadísticas. Se vale de detalles para meternos en la vida cotidiana del Londres de la restauración y en el infierno de la peste. Pero poco a poco le entra a la narrativa. Sin darnos cuenta nos pone a leer una novela de aventura, la proeza de tres londinenses que escapan a la peste. Esta parte del libro pasa irónicamente fuera de la ciudad. Digo irónicamente porque el diario es precisamente conocido como el relato definitivo de la gran plaga de Londres.
La crónica de Dafoe nos recuerda que cataclismos y pestes siempre han existido y en ese sentido nos permite consagrarnos con el presente. Si el libro es de por sí apocalíptico, lo es más todavía leído en el siglo veintiuno, cuando conocemos la verdadera causa de la peste bubónica. De hecho, la tensión narrativa se acentúa mucho por los numerosos intentos, ridículos ante el ojo contemporáneo, de explicar las causas de la enfermedad.
Los paralelismos con el presente abundan. El pánico ante una plaga de origen desconocido y las explicaciones descabelladas me hicieron pensar en el cáncer gay de los ochenta. Los vendedores de talismanes y curas mágicas si acaso han aumentado en los tres siglos que nos separan de la peste. Pero esos trescientos años también son de avance científico y “civilizatorio”. El oscurantismo y la ignorancia que describen Dafoe me hacen creer que vivimos en un mundo mejor.
Valió la pena darle una segunda oportunidad.

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