Tuesday, December 06, 2005

Disgrace por J. M. Coetzee

Boris Muñoz, buen lector y mejor amigo me regaló Disgrace, no sin advertirme que se trataba de una historia fuerte, deprimente. El libro se quedó en mi mesa de noche dos meses hasta el día que decidí entrarle. No pude soltarlo.

Boris tiene razón, Disgrace es deprimente, pero también tiene el efecto catártico de las buenas tragedias. Terminarlo es quitarse un peso de encima; queda uno con la sensación de que entiende mejor la condición humana.

En esta novela Coetzee despliega una sucesión de errores que, desde la primera página huelen a tragedia. Sabemos que viene un final duro, pero cuesta adivinarlo.

El protagonista es David Lurie, un profesor de cincuenta y dos años en franca decadencia física y profesional. Lurie se siente viejo y necesita reafirmarse. Entonces seduce a una estudiante de veinte años. El affaire termina en la primera desgracia. Es expulsado de la universidad y lo pierde todo.

Solo y derrotado, el profesor viaja al interior de Sudáfrica a encontrarse con su hija. Lo que viene es un infierno de los bien armados, a lo Dostoyevsky.

En Disgrace no sobran personajes ni episodios. Como las grandes novelas esta sobrepasa el plano de lo personal y nos ofrece una radiografía incisiva de la sociedad que representa, en este caso la sudafricana.

El libro está cargado de elementos simbólicos que le aumentan el “quilataje”. Me impactó particularmente la manera en que Coetzee maneja la relación entre los perros y los hombres.

Las descripciones sexuales son probablemente las más reales que he leído.

Coetzee es el segundo maestro que descubro desde que comencé este blog. El primero fue Murakami. La comparación es válida porque representan mundos contrarios. Coetzee es escatológico y psicológico. Murakami lírico y espiritual. El sudafricano se ganó el Nóbel en el 2003. El japonés se lo va a llevar cualquiera de estos años.

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